Uno ya no sabe si Pedro Sánchez es el gafe más grande del mundo o, por el contrario, goza de una chamba excepcional. Con él al volante aquí en España hemos sorteado desde la pandemia hasta el apagón de ayer, pasando por una guerra en Europa, una Dana devastadora y el volcán diarreico de la Palma. Sin embargo, menos la guerra en Ucrania todo ha salido más o menos a favor del presidente, y hay que señalar que otros incidentes más o menos azarosos como ganar una moción de censura y sacar adelante una reforma laboral por un sólo voto equivocado apuntan más bien hacia la hipótesis de la buena suerte, pero nunca se sabe. Todavía recuerdo cuando Pedro Sánchez exclamaba sorprendido en una rueda de prensa que ahora los científicos nos venían con que el núcleo de la Tierra invertía el sentido de su rotación, lo que le parecía ya el colmo. Levantó los brazos como diciendo “¿es que todo me tiene que pasar a mí?” Afortunadamente, no se ha vuelto a oír hablar del pedrusco de hierro, y que yo sepa el apagón sólo se ha cobrado una víctima, una infortunada señora de Carabanchel que provocó un incendio involuntariamente con una vela.
Lo que es seguro, en cualquier caso, es que ayer tuvimos la oportunidad de vivir otro alegre día en el s. XXI. Cuando tuvo lugar el apagón yo estaba en la calle, y la gente a mi alrededor no se inmutó demasiado, ni en el momento mismo ni al ir enterándose del desastre. Se diría que vamos estando ya curados de espanto, aunque sólo sea porque los recientes espantos tampoco han pasado del ataque de ansiedad, sin alcanzar el pico del pánico. Pero eso a mí no me parece nada bueno, porque poblaciones enteras convencidas de que una catástrofe del tipo que sea es inminente hace que tales catástrofes sean más probables, gracias precisamente a que el pesimismo conduce a la inacción.
Ya se habló de apagones hace unos años, por parte de los trolls de las redes de siempre. Gabriel Rufián se estudió el asunto y ya dijo en el congreso que un apagón era imposible porque España contaba con diez fuentes de energía distintas. Pero especificaba que era imposible en términos de capacidad de producción eléctrica, y todavía ahora no sabemos si la causa del fallo ha sido esa u otra.
Algunos columnistas se han lamentado hoy de lo mucho que dependemos de la electricidad, y creo que eso no está bien visto, puesto que la electricidad no es algo ajeno a nosotros, sino que somos nosotros mismos: nosotros, los seres humanos somos quienes descubrimos la electricidad y cómo usarla en beneficio propio. Quiero decir que es absurdo pensar en el hombre como algo distinguible o separable de las muchísimas ortopedias de que nos hemos dotado para mejorar y expandir (en algunos casos también aterrorizar, como las armas nucleares…) indefinidamente nuestra vida.
Decir que actualmente dependemos demasiado de algo que consideramos artificial es como decir que un miope depende excesivamente de sus gafas, cuando es a la inversa: las gafas hacen su vida posible y no le debilitan en ningún sentido. De hecho, sólo hay que imaginarse la cantidad ingente de personas que habrán muerto antes del s. XIII -invención de las lentes, si no recuerdo mal- por la simple bobada de haber nacido con mala vista. Es como cuando se dice que la medicina y la farmacopea impiden la autorregulación robusta de nuestro sistema inmune, lo que significa echar de menos roussonianamente la prehistoria. No parece probable que en la prehistoria la esperanza de vida alcanzase las cotas actuales, y desde luego hasta el s. XVIII era impensable sostener unas cifras demográficas en todo el planeta como las presentes, de manera que nuestra sedicente “dependencia” parece sin duda más bien una bendición…
Se cuenta la anécdota de que cuando Pedro Muñoz Seca, genial humorista y autor de La venganza de Don Mendo, iba camino de ser fusilado por los republicanos dijo:
¡Podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis: el miedo que llevo encima ahora mismo!
Pues eso digo yo también…




