Todos en la Plaza: ¿por qué los cubanos desfilaron el Primero de Mayo?

Visto este cuadro de vacíos, tenía sentido para la oposición convocar a la inasistencia. Pero en Cuba, un poder no presenta fractura: el simbólico. Por eso, cada Primero de Mayo, miles de cubanos acuden a la Plaza, movidos por un lenguaje aún sin sustituto.
mayo 15, 2025
Desfile por el Primero de Mayo en La Habana

Desfile por el Primero de Mayo en La Habana. Foto de Ismael Francisco / Cubadebate. Fuente: Flickr. Algunos derechos reservados.

En la segunda mitad de mis veinte, alguien con gran profundidad de pensamiento me instó a preguntarme sobre la tradicional asistencia al desfile del Primero de Mayo en Cuba. No era el peor momento para cuestionar tal tradición. Los ecos de la era Obama resonaban. La política migratoria llenaba el país de artículos de consumo. El cambio generacional del liderazgo político aún generaba expectativas. Sin embargo, el acto anual en la Plaza comenzaba a percibirse como anacrónico, aunque lejos de su extinción. Presté poca atención en el momento de la pregunta. Por entonces, mi interés se centraba en el sujeto, la enajenación y el galimatías en las recién aparecidas redes sociales. Cinco años de crisis pandémica y cuatro apagones nacionales después, he logrado formular algunos criterios para intentar comprenderlo. Paso a compartirlos.

Las imágenes de la asistencia de quinientas mil personas al último desfile del Primero de Mayo han dado la vuelta al mundo con una intensidad distinta a la de las épocas más clásicas. La iconografía revolucionaria cubana ha reflejado más de una vez esta fecha. Entre las miles de imágenes de Fidel Castro, Ernesto Guevara o cualquier suceso extraordinario de la Revolución cubana, un sinnúmero pertenece a la célebre concentración, sin que exista un detenimiento de la atención histórica en la fecha. Fotos o videos se enfocan en el liderazgo político o en la épica revolucionaria, pero no en el acto en sí, diluido entre esos dos referentes. Salvo por el acercamiento partidista externo o la propaganda interna, el día ha recibido poca atención. La aceptación implícita en la apropiación de la imagen ha supuesto la difuminación de la jornada. Por el contrario, la búsqueda de su desmontaje y deslegitimación ha dado lugar a un reconocimiento considerado innecesario por los partidarios. Tal contradicción requiere un análisis contextual y simbólico.

El asombro en los detractores de la fecha aún se hace sentir. Días previos, el discurso opositor en las redes llamaba a una inasistencia masiva. La respuesta contraria a nivel nacional, significó para este llamado una derrota en los órdenes político, simbólico y lingüístico. Era, sin embargo, una batalla perdida desde el mismo inicio. Veamos los motivos.

En la actual fase de recuperación del discurso opositor en redes, tras su fracaso desmovilizador, es difícil rastrear los orígenes de su derrota. Propia de una actitud política acrítica, la recomposición discursiva se ha construido desde la agresión al asistente: ya sea mediante la burla por los anacronismos de la iconografía y el lenguaje político desplegados, o por la agresión sustentada en el chantaje económico basado en el mito de la manutención por parte del enemigo. Se trata de una estrategia frágil, pues podría inducir en cualquier rival avezado la siguiente interrogante: ¿por qué es cuestionado el sujeto antes aludido? Las implicaciones éticas de tal pregunta exceden, por el momento, los límites de este texto —lo cual no implica su irrelevancia interrogativa—. Antes, debemos analizar el origen de la confianza en la inasistencia.

Las expectativas de una Plaza de la Revolución vacía tenían fundamento. Desde octubre del 2019, Cuba atraviesa una crisis continua agravada cada año. El desmontaje del mercado igualitario a partir de la pandemia, el deterioro absoluto de las garantías revolucionarias (salud, educación), la migración masiva a raíz de la violencia política desatada el 11 de julio de 2021, la voracidad del mercado permitido a regañadientes por el Estado, la pérdida de poder adquisitivo por la mayoría absoluta de la población y, sobre todo, la falta de expectativas en un proyecto de vida realizable; permitían imaginar una transformación en la respuesta simbólica por parte de la población. La percepción sobre el estado del poder servía de base a tal hipótesis.

El poder del Estado en Cuba comenzó a fracturarse a partir de la pandemia. Excepto el político, casi todas las esferas se encuentran en tal situación. El económico, es el más destacable. Su fragmentación es ante-pandémica. Las reformas impulsadas a partir de 2010 sentaron las bases a nivel económico y discursivo. La propiedad privada se abría paso y cuestionaba el lenguaje de la igualdad. La respuesta política fue la conservación del mercado igualitario y la contradictoria y simultánea limitación del mercado privado. Fue una estrategia posible hasta el año 2022.

La arremetida trumpista y los efectos pandémicos en la economía, obligaron a un Estado descapitalizado a ceder ante las demandas del mercado. La propiedad privada fue ampliada de trabajo por cuenta propia a MIPYMES, y su apertura, a la manera señalada por Karl Marx, despertó fuerzas antes inimaginables. En brevísimo tiempo, el mercado se expandió con la ferocidad de las sociedades posocialistas. Dejó en evidencia las fallas del sistema económico socialista adoptado y, también en términos marxianos, obligó al Estado a luchar contra fuerzas imposibles de controlar. A la par, una población empobrecida por las exigencias monetarias del nuevo mercado situaba al poder político en la compleja situación de redirigir el odio colectivo hacia una estructura mercantil también repudiada a nivel estatal, pero aceptada como mal menor. Aún se debate sobre esa cuerda floja.

El poder mediático se marchó de los dominios del Estado cubano para no volver jamás. Basado en un monopolio absoluto de la información, fue enterrado por otro monstruo de creación estatal: la masificación de Internet en el año 2018. Resulta difícil abarcar sus implicaciones en el cambio de la visión del mundo del cubano. Antes sometido a las decisiones de los medios oficiales, accedió, por medio de un teléfono móvil, a información y criterios con carácter subversivo en tiempo real. Paralelamente, la estructura técnica permitió el aumento de esa información por parte de los propios usuarios. Fotos, videos y memes se convirtieron en un arma privada a través de cuentas en redes sociales. Una nueva cultura política se formó en un abrir y cerrar de ojos a partir de una decisión económica en sus orígenes. La arremetida estatal contra el uso político de dicha herramienta no hace más que confirmar la irrecuperable fractura mediática.

Ha sido el uso masivo de Internet, el medio más directo para la comprobación del anacronismo discursivo oficialista cubano. La persistencia de los discursos anquilosados ante una nueva cultura política, es la segunda expresión del debilitamiento mediático del poder estatal. A la vez, debilitó otra esfera: la internacional.

Gabriel García Márquez, en su escrito sobre Fidel Castro, le confiere el mérito de la creación de una diplomacia de potencia mundial. Acertado juicio del Nobel colombiano. Durante décadas, Cuba fue un país poderoso en la escena diplomática mundial. Poseedor de una narrativa política basada en la mitología revolucionaria, el Estado cubano se abría paso por sí solo en la geopolítica. Apoyada durante tres decenios por la fuerza de la Unión Soviética y el Campo Socialista, fue actor decisivo en grandes procesos militares, mediáticos e ideológicos. Su posición antagónica ante Estados Unidos, también le ganaba partidarios y defensores por todo el mundo. A la caída de la URSS, su lugar diplomático se debilitó por poco tiempo. Nuevos movimientos políticos de corte izquierdista fueron aprovechados con habilidad, y el estatus de referente en la izquierda mundial —especialmente en la latinoamericana— se mantuvo intacto. Sin embargo, las imágenes de abusos policiales durante las protestas del 11 de julio de 2021 debilitaron dicha percepción.

La clave estuvo en el emplazamiento antes falto de corroboración. El partidario de Cuba en el exterior solía ser criticado mediante mitos propagandísticos. Los hechos, más o menos constatados, de violencia estatal durante las protestas situaron a los esquivos defensores en la incómoda posición de tener que posicionarse. Líderes de izquierda y simpatizantes fueron instados a pronunciarse. Aliados tradicionales se desmarcaron o bajaron el perfil. Desengaños auténticos o simulados se hicieron notables. Fue, en el terreno mediático internacional, una lucha contra el viejo adagio de «una imagen vale más que mil palabras». Si se suma la pérdida de influencia geopolítica debido a los propios cambios en este terreno y el paso a un trato tibio por parte de los aliados tradicionales —motivado por prolongados incumplimientos financieros—, tenemos otro pilar agrietado en la estructura del aparato de poder cubano.

Debilitado en la economía, los medios y la geopolítica, al poder estatal solo le restaría depositar sus esperanzas en el ámbito de lo cotidiano. Sus hábitos, tradiciones, costumbres, valores y mentalidades podrían representar su última salvaguarda. Sin embargo, el desastre del día a día pondría en duda tal esperanza. Con el mercado igualitario desmantelado y las garantías revolucionarias descapitalizadas, un cúmulo de catástrofes sociales evidenciaría la pérdida de control sobre el terreno de la cotidianidad. Accidentes aeronáuticos, explosiones inexplicables en medio de la capital o incendios de grandes proporciones provocados por rayos fortuitos desatarían una narrativa de lo casual catastrófico, con la capacidad de subvertir la mítica de la buena fortuna revolucionaria. La desconfianza se volvería cotidiana, con toda su carga de desidia e indolencia. La autoridad sería la principal desafiada en este ethos del abandono. Sin capacidad de acción para reprimir, se vería en más de una ocasión ante una constante represión de lo superfluo. La nada ascendería de la base social a la superestructura.

Ante este panorama de vacíos, la convocatoria a la inasistencia al desfile del Primero de Mayo parecía tener sentido. Los símbolos del sistema mostraban señales de vulnerabilidad. Sin embargo, ahí radicó el principal error del llamado: en Cuba, hay un poder que no presenta fracturas, el poder simbólico. La simbología apropiada por el cubano sigue siendo la revolucionaria. La Plaza de la Revolución, con su amplia calle Paseo, aún constituye un llamado al inconsciente. Y en ese nivel profundo, se articula un lenguaje aún carente de sustitución. Se manifiesta en chistes, frases, insultos, estereotipos, hábitos, tradiciones y costumbres. Un amo aún rige la estructura psíquica de la cubanidad: la Revolución.

El discurso opositor hizo el llamado a la ausencia al desfile desde las palabras de ese amo. El uso de su lenguaje lo condenó al fracaso. Las causas de tal repetición son difíciles de discernir. Una me atrevo a mencionar: el llamado también quería un amo. Lo tendrá.

1 Comment Responder

  1. No creo que el amo simbólico esté tan fuerte, es contradictorio que todo esté cayendo y ese amo intacto no tiene sentido

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