Foto del papa visto desde atrás
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Cuba y su cuarto papa

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Resulta difícil imaginar la visita de un cuarto papa a Cuba. También resulta difícil identificar nuevos problemas que ameriten la atención de una autoridad cuyo poder es, en gran parte, simbólico. Cuba aburre: sus viejos conflictos son ya bien conocidos y su mención no hace más que profundizar el cansancio histórico que la pandemia terminó de desnudar.


El año 1998 estuvo lleno de comentarios indescifrables para mi temprana niñez. «En la Plaza hay un Sagrado Corazón gigante -comentó mi padre en una de sus llegadas vespertinas a casa-. ¿Quién se imaginaba eso hace veinte años?» La sorpresa paterna, la descifraría años después al conocer la persecución religiosa por parte del Estado cubano en la funesta década de los setenta y parte de los ochenta. Corregida a partir de la publicación de Fidel y la religión, tuvo en la visita de Juan Pablo II su primer gran resultado. A la vez, abrió la costumbre de los viajes papales a Cuba.

En torno a Juan Pablo II, se generaron todo tipo de expectativas. Desde la legitimación política y religiosa de una tolerancia alcanzada con gradualidad, hasta la delirante aspiración de la caída del sistema político por la sola presencia Pontificia. Lo primero fue conseguido; lo segundo, sorprende todavía su planteamiento. La fortaleza del aparato estatal y la habilidad en política exterior del entonces gobernante, la convirtieron en una aspiración pueril. La estancia de Juan Pablo II fue pacífica a nivel político, fervorosa en el plano religioso y respetuosa por parte del pueblo cubano. La célebre despedida «¡Qué Cuba se abra al mundo!», marcaría el carácter de las futuras estancias papales en la ínsula.

En el 2012, Benedicto XVI situaba una vez más a Cuba en el mapa religioso mundial. Mis recuerdos del momento están marcados por la época de mi ateísmo rebelde. Poca falta hace referir los lugares comunes por mí esgrimidos para restarle atención al suceso. Entre ellos, sólo destaca la referencia en mi aula universitaria a los fantasmas de la década de la persecución. Mi grupo, de profunda mentalidad crítica, señalaba al funcionario del PCC que nos instaba a asistir a la congregación en la Plaza, su enfoque político utilitario y recordaba deudas religiosas por pagar por parte del Estado. Propio del momento, fueron reclamos poco escuchados. Era año de una extraña inercia social y sin grandes agitaciones. Benedicto XVI, fue el papa menos político de los visitantes a Cuba. Su paso por el territorio nacional, fue acogido con la sobriedad por él mismo transmitida.

Aquellos con un mediano conocimiento sobre Cuba, conocen su tendencia a cambiar de la noche a la mañana. Si la visita de Benedicto XVI tuvo la regularidad referida, muy distinto ocurrió con Francisco. El contexto, estaba marcado por la decisiva mediación papal en el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Expectativas iguales o superiores a las de Juan Pablo II se agitaban alrededor de su estancia. Se sumaba, además, la facilidad comunicativa por la nacionalidad del visitante (de la que sus conciudadanos, o se enorgullecen hasta el paroxismo o vician con su típico binarismo político).

Recordar esos días del 2015, es acudir a verosímiles aspiraciones de mejora en todos los ámbitos. Francisco, legitimó tal sentir con su tono conciliador y sincero. En mi recuerdo, librado ya por esa época de la histeria atea, se mezclan el honor de haberlo visto de cerca y de estar en la compañía con uno de mis mejores amigos, cuyo humor le dio al momento más autenticidad de la ya conseguida por Francisco. En enero de 2016, en escala en el aeropuerto José Martí, se encontraría con el Patriarca Kirill de Moscú. Sin carácter oficial, abriría la percepción de que todo papa iría a Cuba. El presente, plantea expectativas diferentes.

Los viajes pontificios, han demostrado dos hechos fundamentales. En primer lugar, han evidenciado la tolerancia religiosa del pueblo cubano. Los tres momentos, fueron de acogida auténtica por parte de de la mayoría de las confesiones religiosas del país. La vigilancia política del Estado, se hacía innecesaria ante un pueblo de escasos exabruptos en materia de religión. La segunda realidad, es la relación directa entre los viajes papales y los cambios sociales y políticos. En cada uno, se expresó el mismo proceso. Por este motivo, cuesta imaginar la visita de un cuarto papa.

Cuba se ha anquilosado, y en una época regida por la incapacidad de crear atractivo, es una figura anacrónica con un valor geopolítico en disminución. Cuesta imaginar nuevos problemas que merezcan la atención de una autoridad cuyo poder es, en gran parte, simbólico. Cuba aburre. Genera poca expresión en un mundo validado en las nuevas palabras. Sus problemas son ya de sobra conocidos y su mención sólo agudizan el cansancio histórico evidenciado desde la pandemia. Si se suma el poco carisma de la clase dirigente, escasean más los motivos para aspirar a otro viaje pastoral. Quedarían los motivos religiosos, pero en un país con una religiosidad muy relajada, tampoco se hace llamativo el «fervor» demostrado en iglesias vacías.

Por supuesto, todo puede cambiar de la noche a la mañana. Me gustaría que un cuarto papa nos visitara, sería señal de algún cambio interesante en nuestro contexto. Está por ver cuál será la línea del sucesor, pues aún no se sabe quién será el nuevo  pontífice. Mientras tanto, es un buen momento para ver Cónclave.