Recuperar el hacer: Contra la tokenización del mundo 

Por julio 28, 2026
Diego Velázquez, Las hilanderas (c. 1655–1660). Imagen intervenida mediante inteligencia artificial.
Diego Velázquez, Las hilanderas (c. 1655–1660). Imagen intervenida mediante inteligencia artificial.

Merleau-Ponty, haciéndose eco de los sofocos y dolores de Cézanne, sugería que este «pensaba en pintura». En dicho salto de la queja al plano teórico, me gustaría recalcar que el pintor no piensa en pintura, sino que piensa pintura. Con todo, me atrevo a declarar que el cinematógrafo piensa cine y el músico piensa música. Es decir, que, en el hacer y el pensar, tanto el artista como el artesano se sirven de una misma sintaxis. 

Y aunque el artesano entiende la cosa de un modo quizá más funcional o anclado en la memoria procedimental, el artista tiende, por su naturaleza, al misticismo de un ego que, dotado de la gracia de la verdad, desvela, por así decirlo, la semántica de lo ausente. 

Al vecino de abajo, se rumorea, le llegan revelaciones que, según afirma, lo dejan traspuesto, como en estado catatónico; la semántica, al parecer, le llega de golpe. Personalmente, creo que Calíope nos queda un poco grande a los del bloque, a pesar de que a Domingo, el del bajo de la izquierda, lo apoden Doménikus. Su padre, decían, se pasó la vida en El Escorial como vigilante de sala y, por llevarse la ansiedad de casa al trabajo y del trabajo a casa, acabó por contagiarle al chiquillo la cara oblonga del Greco, así que quién sabe. 

Ahora, los académicos dicen de Doménikus que ha aprehendido la cosa o que se le ha revelado un aspecto de la cosa en sí y que, por suerte para nosotros, ha tenido la delicadeza de plasmarlo en un artefacto cultural. 

Participa ahora Doménikus, con su obra, del imaginario colectivo, enriqueciendo nuestra identidad y nuestra experiencia estética. 

—¡Eso, chaval, lo puedo hacer yo con inteligencia artificial en dos minutos! —replica el presidente de la comunidad. 

Pero, al contrario de lo que ocurre con los grandes modelos de lenguaje (LLM), el artista se enfrenta al fenómeno en igualdad de condiciones, participando de la finitud y el devenir de un espacio y un tiempo tan irrepetibles como lo es su relación íntima con la muerte. 

Así que el presi asegura que haría lo mismo con ayuda de la IA, pero lo inquietante aquí no es el presi. Lo llamativo es preguntarse si nuestro Domi sería capaz: ¿acaso podría Doménikus transcribir sus pinturas al lenguaje natural? ¿Le pediríamos a Rodin que nos cantara la escultura? ¿Despojaríamos a Rothko del placer de moler su propio pigmento? 

Hemos de tener en cuenta que generar imágenes algorítmicamente a través del lenguaje natural no es otra cosa que abandonar el fenómeno. Es dejar la cosa de lado para producir imágenes plausibles, como seres separados del mundo. Y la obra de arte, querido lector, hay que parirla; y ese parto sin dolor de la plausibilidad no lleva ni el carácter ni el color de nuestros ojos. Porque delegar la totalidad del proceso creativo en los LLM de la empresa privada es ceder el imaginario y renunciar a la autodeterminación y a la autoría de nuestro capital simbólico. 

Incluso al fotógrafo, cuando aprieta el disparador, le subyace una intención moral que tensiona lo real sobre el sensor y se hace cargo de ello. Pero, cuando uno se pierde por la carretera nacional siguiendo las indicaciones del GPS, a quien culpa es al aparato. Y este culpabilizar a la máquina no es otra cosa que la consecuencia de haber desplazado la confianza y la toma de decisiones hacia un tercero que no es humano. 

Delegar el arte en la simulación es alejarse de todo discurso moral e intercambiar el deber por una semántica vacía que nos impide poner sobre la mesa nuestra interpretación de lo real 

Cuando todos seamos directores de arte, madure la generación Beta y, si nadie lo remedia, la cultura sea principalmente generativa, debería parecernos justo, ante este panorama y frente al peligro de sacralizar la IA, que algunos queramos mantener viva la duda epistémica. Porque delegar el arte en la simulación es alejarse de todo discurso moral y político contenido en la estética. Es intercambiar la tarea y el deber por una semántica vacía que nos impide poner sobre la mesa nuestra interpretación de lo real al servicio de lo común y ocupar la plaza en la que nos jugamos la libertad. 

A grandes rasgos, la semántica de los LLM se construye, en primer lugar, mediante la tokenización, esto es, mediante la asignación de un número a cada palabra, fragmento de palabra o incluso carácter aislado. A continuación, se procede a la incrustación, o embedding, que empareja los tokens con vectores numéricos basados en su proximidad semántica: [elefante-mamífero-animal]. A ello le sigue un ajuste de pesos en función del contexto y de la predicción estadística. 

En el caso de las imágenes, aunque el proceso es algo diferente, estas también se tokenizan durante el entrenamiento y se asignan propiedades generales a ciertos conceptos; por ejemplo, que la representación de un elefante contenga una trompa en la parte frontal y no en la trasera, entre otras propiedades. 

Pero todos estos procesos no son otra cosa que predicciones bajo la forma de un tejido relacional, porque el LLM, hasta la fecha, no entiende qué es un elefante. Y la semántica verdadera, la que nos eriza la piel, más allá de satisfacer la sintaxis o la lógica de los enunciados, es la que viene de la mano de la significación, allí donde el sentido alcanza su plenitud. 

Existe, entonces, un conflicto claro entre la lógica formal y la lógica material: entre aquella que hace correcto un enunciado y aquella que busca la verdad en contacto con lo real, allí donde el valor y la historia están presentes. 

La significación es una huella parcialmente inefable que nos conecta con la historia evocando el ser. 

Por ello, las toallas de la abuela nunca serán [toallas + propiedad + abuela + objeto + familia]. Las toallas son chocolate en la despensa, bordado artesanal en la rebeca zamorana, familia sobre el hule y unas gafas suspendidas en el vértice de la nariz, esperándonos en la cocina. Y, en el alma, son todo aquello que no cabe en la palabra porque la palabra empobrece. 

La significación es una huella parcialmente inefable que nos conecta con la historia evocando el ser. Pero, para llegar a la significación, hay que tener una experiencia significativa, y esta surge de la necesidad de actividad propia del ser humano. De la pulsión de ese «hacer» tan necesario, que nos involucra con el fenómeno, surgen lo impredecible y lo inesperado. Pues solo cuando bajamos a la tierra para ensuciarnos las manos surge, de la necesidad de actuar, la conciencia del mundo.