Al leer Del obrero-masa al obrero social, esta mente alborotada que escribe se pregunta si ese término, el obrero social, sigue vigente en la actualidad o si se trata más bien de un término caduco. Las anotaciones, las ideas quedan reflejadas en múltiples libretas sin un aparente nexo común (¿hasta ahora, justamente, con este artículo?)
De primeras, la idea ya es seductora per se: la transición del obrero, como actor fundamental en la producción fabril de los inicios de la segunda mitad del siglo XX, a su traslación más amplia como sujeto social dentro de una comunidad. Espacio en el que se trasponen las mismas medidas y los mismos roles que en la fábrica.
Hoy, nos encontramos ante una nueva vuelta de tuerca. Las grandes compañías tecnológicas han dejado atrás el capitalismo suave (sic) por un turbocapitalismo en el que ya ni siquiera la vida humana tiene ningún tipo de valor y la propia esencia de la vida, es decir, la muerte, se pretende eliminar hasta alcanzar una aburrida eternidad.
Retomando el hilo y pese a lo interesante que pudiese resultar tratar otros temas, vemos cómo esas grandes compañías han reformulado el status quo del capitalismo. ¿Ese desarrollo tecnológico, que sustituye mismamente al antiguo tótem del capital, la máquina, puede provocar la muerte del obrero? ¿Es esta tecnología galopante la muerte de la lucha de clases como tal? ¿O tenemos que ir más allá y reformular el espacio de dicha lucha de clases? ¿Y, con base en esto último, hay algún paso adicional que tengamos que dar para pasar del obrero social a otro concepto más amplio o novedoso?
Vayamos por partes.
Para empezar, la lucha de clases es como la materia: se transforma, adaptándose a las nuevas circunstancias fruto del contacto con diferentes elementos. En nuestro caso, el surgimiento totalitario de esas nuevas tecnologías. Como clase oprimida, el primer paso es asumir dicha condición. Y, como tal, proceder a entender el funcionamiento de este turbocapitalismo. Toni Negri y el colectivo Quaderni Rossi lo expresaron como coinvestigación. Observar y actuar.
Observar para comprender los códigos a los que estamos sujetos. Bien sea de forma indirecta, ahí está nuestra dependencia de las redes para comunicarnos o simplemente para hacer más llevadero nuestro día a día, y que, en muchos casos, asumimos como propia y no cuestionable; o bien, de forma directa, a través de los marcos ideológicos que nos marca ese turbocapitalismo como actor opresor. Paradójicamente, el propio acto de observar en esta situación nos ofrece también el anverso. Basta con comentar que ese acto nos permite empatizar con el «otro» que también está siendo oprimido. Y también para comprender las redes que buscan la fractura en ese acto, a la vez empatizador y transformador.
Ahí entra el actuar. Para romper esas redes, y el odio y generar lazos comunicativos para crear nexos comunes. Lazos que pueden ser creados con las mismas armas con las que el turbocapitalismo quiere asilarnos e individualizarnos en forma negativa como si cada uno fuese la única fuente de la razón universal; mientras que el objetivo es que ese ser individual nos convierta en una masa heterogénea pero fuerte, a raíz de esa aparente diversidad que nos hace frágiles.
Es por ello, que del mismo modo que si la lucha de clases no muere, tampoco lo hará la máquina. Este punto, personalmente, lo considero fundamental. Cuanto antes comprendamos que la máquina es un apéndice más de nuestra existencia, una herramienta y no al revés, siendo nosotros una opción más para la producción de la máquina; antes lograremos reestructurar nuestra condición en esta lucha de clases contemporánea.
Por lo tanto, todo esto nos lleva a, lo que de forma kamikaze pretendo compartir con este escrito, pasar del obrero social al consumidor. Creo que es el paso lógico que hay que dar. Del mismo modo que el capitalismo emplea conceptos marxistas y de la lucha de clases para propagar sus ideas y revertir sus conceptos originarios, nosotros, como clase oprimida, tenemos que hacer lo mismo: apropiarnos de su lenguaje, okuparlo y hacerlo nuestro. Sólo así lograremos dar un paso gigantesco hacia la victoria.
Siguiendo ese discurso capitalista, una de las lecciones básicas es que toda decisión conlleva un coste de oportunidad. Pues bien, al pasar a esa condición de consumidor, tenemos la ventaja de asumir nuestro propio coste de oportunidad. Es cierto que exige la voluntad y la conciencia de saber en todo momento qué decisiones estamos adoptando. Es un trabajo extenuante en lo mental pero, ¿acaso no merece la pena?
El capitalismo, como tal, necesita al obrero. Es su némesis, pero también su esencia. Sólo a través del término antagónico de obrero el capital puede tener razón de sí.
Igual, desde esa perspectiva, se podrá ir suprimiendo lo que implica la sociedad capitalista y esa dualidad entre opresor y oprimido. Es hacer práctico el lema «Lo personal también es político». Romper las estructuras de opresión capitalista que dominan nuestra cotidianeidad: la familia y los roles de género, el contraste urbe/rural (y las situaciones de poder que se generan en esos dos espacios), la fábrica o el centro de trabajo (por supuesto, como herencia inicial de la lucha de clases que continúa) y, en esta etapa evolutiva, el consumo.
Podrán inducirnos unos u otros comportamientos, disparar nuestra dopamina con estrategias de gran vileza, pero en el fondo, nosotros somos los dueños de nosotros mismos.
Sí, creo que el paso de obrero social a consumidor es necesario porque se desvirtúa el capitalismo. El capitalismo, como tal, necesita al obrero. Es su némesis, pero también su esencia. Sólo a través del término antagónico de obrero el capital puede tener razón de sí.
Si trasladamos esa conceptualización al consumidor, lo situamos como objeto sobre el que oprimir la propia consecuencia del capitalismo. La erradicación del consumidor provoca la muerte del capitalismo. Si el capitalismo necesita reproducir continuamente el acto de consumir, la interrupción de esa lógica pone en cuestión uno de sus principales mecanismos de reproducción. El capital puede seguir produciendo, pero para quién (si ya no habría consumidores)?
Además, este cambio amplía el espectro que puede integrar ese polo de la lucha. Los jóvenes y los ancianos, grandes olvidados y muchas veces, grandes damnificados por el desarrollo capitalista, también podrían tener más voz y juntar sus inquietudes a las ya existentes como clase obrera. Consiste, por tanto, en politizarlo todo, bajo el riesgo de que diferentes inquietudes fragmenten el discurso. Pero es ahí, justo en esa falla donde hay que aunar todas las energías para dividir el foco sobre el que el capital ejerce toda su furia. Lo vuelvo a reiterar: lo que nos hace diferentes nos nos debilita, nos fortalece.
Todas estas ideas surgen de leer a mentes tan brillantes como la de Toni Negri y de ese mensaje recurrente en su obra: la necesidad de reformular constantemente los postulados de la izquierda y de la lucha de clases, sin olvidar el trabajo previo y lo teorizado anteriormente. Solo así se podrán ir dando pasos para lograr la victoria final en la lucha de clases.
Este artículo fue publicado en El Salto y se republica bajo licencia CC BY-SA 3.0 ES.
Sostén Dialektika
El pensamiento crítico necesita algo más que lectores: necesita instituciones capaces de sostenerlo. Si este artículo te resultó valioso, considera apoyar a Dialektika y ayudarnos a mantener abierto este espacio editorial independiente.




