Según datos actualizados del Servicio Electoral de Chile, el Partido Nacional Libertario —fundado y liderado por Johannes Kaiser— es el segundo partido con más militantes en el país, solo superado por el Frente Amplio. Además, es, por lejos, el partido con mayor cantidad de militantes hombres de todo Chile, con 36 925 varones inscritos. Esto puede no sorprendernos, pero sí nos invita a reflexionar sobre sus implicancias.
Lo señalo porque Johannes Kaiser se ha convertido en un referente para miles de hombres que perciben el feminismo como una amenaza real. Ven en él un modelo de masculinidad tradicional: fuerte, capaz de levantar la voz con firmeza y sin mostrar vulnerabilidad; alguien que se burla abiertamente de cualquier forma de ser hombre que se aleje de la hegemónica.
Por eso, un personaje como Kaiser atrae a tantos hombres. En su discurso, lo políticamente incorrecto, el desprecio por lo diferente y su cruzada contra la llamada «ideología de género» forman parte de una batalla cultural que, en el fondo, busca preservar los roles tradicionales de hombres y mujeres.
En este marco, han surgido diversos grupos de colaboradores de Kaiser a través de plataformas digitales. Uno de los más destacados es La cofradía, del canal de YouTube La Mano Invisible TV. Se trata de un espacio que funciona como un grupo de amigos, que se dedica principalmente a reforzar una masculinidad tóxica.
Lo hacen no solo mediante burlas sistemáticas hacia cualquiera que se salga del molde tradicional masculino heterosexual, sino también a través de las bromas que se hacen entre ellos mismos: es como si se tratara de un colegio de hombres dirigido por el macho alfa del grupo (Emiliano Fernández), en el que las mujeres son meros objetos de consumo para demostrar virilidad.
El programa es tan burdo y básico en su humor que, en ocasiones, parece una sátira. Está lleno de insultos, descalificaciones, ridiculizaciones y degradaciones. Se recurre con frecuencia a términos como «maricón», «hueco» o «fleto» para referirse a cualquier expresión masculina u orientación sexual que se aleje de lo que ellos consideran convencional y «normal».
Un ejemplo claro es la burla constante hacia uno de sus integrantes, Ítalo Omegna (quien, además, se ríe de sí mismo), sobre supuestas dudas respecto a su sexualidad y falta de virilidad. Esto ocurre incluso en presencia de Diego Dahmer, quien es abiertamente homosexual. Es una clásica reafirmación heterosexual: una forma de evitar cualquier conversación seria sobre los miedos y los problemas reales que enfrentan los hombres.
En otras palabras, Diego Dahmer funciona como una masculinidad cómplice o subordinada. Al aceptar y reírse de las bromas que lo estigmatizan simbólicamente, contribuye a sostener el orden hegemónico. Refuerza la idea de que el «hombre de verdad» se define siempre en oposición a las mujeres y a las disidencias sexogenéricas.
Es el clásico mecanismo de cooptación: se tolera al disidente siempre que no amenace el núcleo patriarcal del grupo. En lugar de cuestionar la jerarquía de género, la participación de Dahmer legitima el programa como un simple «humor interno» y permite al resto del panel argumentar: «No somos homofóbicos, miren, tenemos un gay».
Esta dinámica no es nueva. La masculinidad hegemónica ha utilizado históricamente el humor como herramienta de control social: se ríe de lo queer, de lo «afeminado» y de lo vulnerable para reafirmar que el «verdadero hombre» está por encima de todo eso. Lo que La cofradía actualiza es la versión digital y macholibertaria de ese viejo mandato. Bajo la bandera de la «libertad de expresión» y el rechazo al woke, se reproduce la misma estructura de poder.
No son solo «bromas pesadas entre amigos». Es un discurso excluyente y esencialista que enseña a miles de espectadores jóvenes que la forma aceptable de ser hombre pasa necesariamente por la descalificación constante de todo aquello que no encaje en el molde heterosexual y dominante.
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