Joven manifestante en protesta
Joven con el símbolo de la mano ensangrentada, ícono de las protestas, durante la manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.

Serbia: El despertar de una generación y la revolución de la esperanza

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Después de cuatro meses de protestas, cientos de marchas, bloqueos de tráfico, ocupaciones de edificios universitarios, la renuncia del primer ministro y casi 2000 minutos de silencio, el movimiento estudiantil en Serbia sigue vivo contra todo pronóstico.

«Meses atrás, nadie hubiera creído semejante hazaña», me comentó hace unos días Vladan, un estudiante de la Facultad de Derecho y uno de los tantos jóvenes que he entrevistado en estos días para comprender no solo sus demandas, sino también su organización.

Esta nueva ola de protestas comenzó en noviembre pasado, tras el colapso de una marquesina en la estación de trenes de Novi Sad, una ciudad del norte de Serbia. Lo que al principio fueron vigilias en honor a las víctimas, pronto se convirtió en un acto de protesta contra la corrupción y movilizaciones de alcance nacional, incluyendo marchas interprovinciales con amplia cobertura tanto nacional como internacional.

En estos momentos, el movimiento que se identifica con la palma de una mano  ensangrentada es el más importante en la historia de Serbia y uno de los más relevantes en Europa desde 1968. En medio de tanta desesperanza a nivel global, justo cuando la fragmentación, el individualismo y los discursos nacionalistas dominan la agenda internacional, un movimiento como este es una rara avis que merece ser analizada en toda su profundidad y complejidad. ¿En qué radica su éxito y tracción? ¿Quiénes son sus líderes? ¿Cuáles sus demandas? ¿Cuál su propósito? ¿Pero sobre todo cuál es la voz de la protesta?

Las siguientes líneas no pretenden realizar una tarea tan inmensa, pero sí esbozar, en cuatro momentos, lo que he escuchado de boca de los propios estudiantes, y ciudadanos, situándolo en su contexto y proyectando su verdadero alcance en el futuro.

Fragmento de cartel con las frases "… con la juventud y la justicia" y "¡La corrupción mata!" en la manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.
Fragmento de cartel con las frases «¡Pensionados con la juventud, el derecho y la justicia!» y «¡La corrupción mata!». Manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.

«Mrtvo more» o el peso de la apatía

Nacer en una isla tiene sus ventajas y desventajas. Entre las ventajas, está el hecho de que la ubicación antropológica siempre está garantizada por el agua. La desventaja es que el agua, tu mayor motivo de liberación, se convierte en tu principal prisión. Recuerdo que cuando llegué a Belgrado por primera vez, después de varias semanas sin un propósito fijo ni un objetivo definido, comencé a sentir, para mi sorpresa, una sensación similar de liberación y opresión.

A pesar de todas las diferencias notables entre mi ciudad natal y la Belgrado nocturna e irreverente, algunas cosas nos conectaban. No tenía mar, pero el barrio donde vivía estaba limitado por dos ríos, y gracias a ellos podía orientarme. Además, más allá de la ciudad, Serbia se me aparecía como una nación llena de ironías, con un sarcasmo fino que podía poner en una misma línea las tragedias humanas más insoportables y un humor crudo, pero a veces extrañamente optimista.

Algo más impactó mi olfato: el polvo de la historia, depositado literalmente en cada esquina de este país. 

Hay ciudades perfectas e impersonales, las hay de un orden imponente, y las hay culturales, pero Belgrado —y diría que toda Serbia—  es otra cosa. Aquí la historia no es solo un eco del pasado, sino un cimiento tangible como las columnas que sostienen la vida cotidiana. Cada edificio, calle o colina lleva la marca de un bombardeo, una batalla, una narración. Y cada historia, a su vez, lleva a una conversación interminable sobre política, antropología, conspiraciones, y cultura popular.

Sin embargo, atribulado por su pasado, el serbio ha permanecido durante varias décadas ensimismado en su propia densidad. Aún no se habían asentado las cenizas de la Segunda Guerra Mundial cuando llegó el mariscal Tito; tras su muerte, vinieron las guerras de los noventa, y luego la democracia fallida que se consolidó con el asesinato del primer ministro Zoran Đinđić, el 12 de marzo de 2003 en Belgrado. 

Đinđić estaba supuesto a ser una figura clave en la transición democrática de Serbia tras la caída de Slobodan Milošević en el 2000. Su asesinato fue llevado a cabo por miembros del crimen organizado y antiguos miembros de unidades paramilitares, quienes se oponían a sus reformas y a su lucha contra la corrupción y el crimen en el país. No obstante, su muerte ha quedado impresa en la memoria colectiva de muchos serbios, como el momento de vuelta a la realidad; y para algunos da pie a innumerables maquinaciones sobre quién realmente controla los hilos del poder. 

No importa cuánto sueñes en tener un estado normal y funcional, «Serbia es Serbia» me han dicho muchos, «y eso nunca va a cambiar». Finalmente, vinieron décadas en las que la corrupción se consolidó como el principal motor de la vida social, infiltrándose en todas las instituciones y convirtiéndose en una norma aceptada, incluso esperada. La caída de Đinđić marcó no solo el fin de una breve esperanza de transformación, sino también el inicio de una era de desencanto estructural. 

En los años siguientes, la alternancia política entre dos partidos principales—el Partido Democrático (DS) y el Partido Progresista Serbio (SNS) marcarían el ritmo del país. De esa manera tal pareciera que la política pasó de ser un terreno de lucha a un espectáculo predecible, donde cada nuevo gobierno reciclaba las mismas prácticas que decía combatir. La memoria de los años de guerra, sanciones y crisis económica se diluyó en una resignación difusa, dejando una sociedad atrapada entre el anhelo de cambio y la certeza de que nada cambiará realmente.

Un amigo antropólogo, me hace notar que en realidad esta resignación no se practica hacia todo, la vida social no ha quedado vacía, y es la iglesia quien ha ocupado ese espacio que antes ocupaban otras narraciones socio-culturales. Es la iglesia quien prácticamente capitaliza esa apatía hacia lo social a través de una vida regulada por celebraciones religiosas, costumbres y gestos bien identificados.

Todo ello es el contexto subjetivo en el que se ubica el accidente en Novi Sad: el punto de inflexión que nadie esperaba. Ha sido el hecho que ha despertado al «mar muerto» del serbio que vivía sumergido en su historia y desconectado de su propia realidad.

La idea del mar muerto me la mencionó Nemanja, periodista, dos años atrás. En aquel momento, le atribuí cierto derrotismo. «Todo está muerto» —me dijo—. «Nada funciona, todo está roto, la gente está rota, y no hay quien la arregle». En ese instante, me pareció una visión exageradamente pesimista. Sin embargo, con el tiempo, comprendí que sus palabras encerraban algo más profundo cuando descubrí la novela del mismo nombre de Radoje Domanović.

Domanović, uno de los grandes satiristas de la literatura serbia, escribió Mar Muerto a principios del siglo XX como una crítica feroz al régimen del rey Alejandro Obrenović (1876-1903). En su relato, describe una ciudad sumida en la apatía, donde la burocracia paraliza cualquier intento de cambio y la gente, atrapada en la inercia, acepta pasivamente su propia decadencia. Aunque la novela nació como una denuncia de su tiempo, su mensaje parece haber trascendido la coyuntura política de entonces y haberse instalado como un reflejo recurrente del espíritu nacional.

Así pues, esta no es solo una metáfora literaria, sino una expresión de un sentimiento históricamente arraigado en una parte significativa de este pueblo. A lo largo de los años, esta resignación ha ido tomando distintas formas, desde la ironía mordaz hasta el cinismo absoluto. No obstante, la metáfora del mar muerto también tiene sentido porque los últimos años han visto un crecimiento del país de manera desproporcionada, o al menos en contraste con otras áreas donde se nota el abandono de la política.

Uno de los proyectos más comentados y ciertamente poco populares es Beograd na vodi (Belgrado sobre el agua). Este es un proyecto de unos $3,500 millones que tiene como objetivo la transformación de la orilla derecha del río Sava en un nuevo centro urbano moderno. 

Liderado por el gobierno serbio en colaboración con inversores privados, principalmente la empresa Eagle Hills de Emiratos Árabes Unidos, el proyecto ha construido edificios residenciales de lujo, oficinas, un gran centro comercial llamado Galerija Belgrade (el mayor del sureste de Europa), así como espacios culturales, parques y una extensa promenade a lo largo del río. 

La imagen es inconfundible: las nuevas construcciones surcan y dividen Belgrado como un tumor incrustado en la vieja ciudad, observando de un lado la ciudad antigua y mirando con indiferencia la ciudad nueva, aún plagada de construcciones brutalistas de la era yugoslava. 

Si bien el desarrollo inmobiliario es evidente en Belgrado, no se trata de un fenómeno exclusivo de la capital, sino de una tendencia a nivel nacional: nuevos edificios y construcciones ocupan cualquier espacio disponible, mientras que el precio de los alquileres aumenta de manera igualmente acelerada.

En cualquier caso, Beograd na vodi es el ejemplo de un modelo de desarrollo extensivo y sin planificación, que ha enfrentado innumerables críticas. Entre los principales señalamientos se encuentran la falta de transparencia y participación pública en la toma de decisiones, los beneficios limitados para la ciudadanía y el Estado, el impacto ambiental y urbano, el desplazamiento de comunidades y la pérdida de patrimonio cultural, así como las denuncias sobre posibles casos de corrupción y acuerdos opacos entre el gobierno y los inversores. Todo esto ha llevado a que muchos consideren que este y otros proyectos están más orientados a intereses privados que al bienestar público.

Este quizás sea el ejemplo más notorio, pero los debates y discusiones en torno a proyectos similares ocupan la prensa nacional los 365 días del año. El propio presidente Aleksandar Vučić se defiende haciendo hincapié en la importancia de estos proyectos de infratructura. Proyectos que además tienen en China un aliado estratégico, pero que tampoco le dan la espalda a capital europeo, ruso, y de medio oriente.

En términos económicos, Serbia ha mostrado un crecimiento del PIB del 3,8% en 2024, según estimaciones del banco nacional del país, superando la media europea. Este crecimiento se atribuye a una política monetaria prudente, iniciativas de inversión y la recuperación de sectores clave tras crisis globales recientes. Sin embargo, el avance económico contrasta con desafíos persistentes en áreas como la agricultura, que registró una caída del 8,8% en producción durante el mismo año. El valor de las obras de construcción en Serbia durante 2024 registró un crecimiento real del 8,6% en comparación con 2023, mientras que el volumen de negocios del comercio al por menor aumentó un 5,9% y el comercio al por mayor creció un 5% en términos nominales. En cuanto al comercio exterior, las exportaciones aumentaron un 1,7%, mientras que las importaciones crecieron un 5,6%, reflejando una dependencia cada vez mayor del consumo de bienes del extranjero.

Todos estos números, proyectos, y calificaciones crediticias que no menciono son los datos que le gusta mencionar a Vučić como medidor de su gestión, reflejando la narrativa del crecimiento económico como el único pilar del desarrollo social, basado en mega proyectos financiados por capital extranjero y llevados a cabo por empresas de múltiples latitudes.

En una reciente rueda de prensa, Vučić discutió los planes económicos del país con la presidenta del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), Odile Renaud-Basso, subrayando un ambicioso objetivo de crecimiento del 4,2% para 2025. Según sus palabras, Serbia tiene «grandes planes para un desarrollo acelerado en todos los ámbitos, particularmente en el contexto de la próxima EXPO 2027 en Belgrado».

Ahora bien, a la historia del supuesto éxito le sigue una inflación anual del 4,6% en enero de 2025. Además, el salario neto promedio en noviembre de 2024 fue de 100.738 RSD (€859), una cifra que sigue estando muy por debajo de las necesidades reales, especialmente ante el aumento desproporcionado del precio de la vivienda y el aumento impresionante de la emigración, sobre todo joven hacia Europa occidental.

La generación que hoy encabeza las manifestaciones en Serbia ha heredado un país que ha vivido en conflictos no resueltos desde al menos la década de los 90. 

Por un lado, son testigos del «avance» económico promovido por este  presidente, con grandes proyectos de inversión que benefician principalmente a una élite. Por otro, experimentan de primera mano la crisis habitacional, la corrupción y el clientelismo político, factores que han erosionado la confianza en las instituciones y han alimentado el descontento social.

Miloš, de 26 años, vive en las afueras de Belgrado, y me comenta que cuando dejó la empresa donde había trabajado por dos años, lo hizo con la intención de mejorar su situación. Al preguntarle en qué consistía esa mejora, me explicó que su objetivo era conseguir un puesto en el gobierno, ya que, según él, «son esos empleos los que ofrecen menos carga laboral, estabilidad de por vida y un mejor salario». Su historia no es aislada. Casi todos los jóvenes con los que he conversado tienen una percepción similar, o incluso más radical: abandonar el país.

En este contexto, Serbia continúa su declive en el Índice de Percepción de la Corrupción (CPI), obteniendo un puntaje de 35, lo que refleja el creciente dominio del poder ejecutivo y la vulnerabilidad institucional ante la corrupción bajo el control centralizado del presidente Vučić, según reportó Transparency International.

Entender por qué estos estudiantes que hoy salen a la calle tienen tanta fuerza, y por qué su voz se propaga como pólvora en distintos sectores de la sociedad —agricultores, jubilados, abogados, profesores e incluso medios de comunicación—, implica ir más allá de sus demandas específicas. Se trata también de la forma en que interpelan a la cultura y la sociedad serbia. Esta generación habla un lenguaje diferente, un lenguaje que remueve y resuelve las antinomias descritas anteriormente, ante lo cual, el gobierno, hijo también de otra generación, solo puede balbucear acusaciones increíbles sobre financiamiento extranjero e incitación a la violencia.

Bajo la superficie de un mar aparentemente calmo, muerto e inerte, subyacen una serie de insatisfacciones conectadas, casi ninguna escuchadas.

El 1 de noviembre de 2024, cuando la marquesina de la estación de trenes de Novi Sad colapsó, el dolor se propagó como el eco de un trauma colectivo. Fue la huella de una herida latente, contenida en el silencio durante décadas, a la espera de la energía suficiente para estallar. Ese día, el mar dejó de estar en calma. El silencio comenzó a fraguarse en dolor, y por primera vez en muchas décadas, el ser social, dormido y tembloroso bajo capas de corrupción, impunidad y violencia, despertó.

Neizdrž o el hartazgo

En la mañana del 15 de febrero, Vladan, Aleksandra y yo, descendimos por la calle del Parlamento. A un lado los constructores rompían la calle. Otra reparación más, pensé en voz alta, quizás sea conveniente en medio de tantas protestas. A lo que Vladan y Aleksandra sonrieron tímidamente. Minutos antes habíamos estado en la Facultad de Derecho, en lo que consideré un enorme privilegio ya que pude constatar con mis propios ojos cómo los muchachos estaban gestionando la protesta.

Seguimos bajando por la gran avenida, flanqueada a un lado por el Parlamento y al otro por Pionirski park y el ayuntamiento de la ciudad. Era una mañana no tan fría, el viento soplaba suavemente de frente. Al llegar a Terazije, giramos a la derecha. Hice un par de fotos y seguimos hasta la Plaza de la República.

Belgrado ha visto manifestaciones más numerosas en los últimos años. Están las jornadas contra Rio Tinto, las protestas de Ne davimo Beograd, las marchas 1 od 5 miliona, entre otras. Este año, todos coinciden en que la más multitudinaria fue la celebrada en la Plaza de Slavija.

Cuando llegamos a la plaza, nos recibió un mar de jubilados. Habían abierto un camino para que los estudiantes de distintas facultades, incluida la de Derecho, pudieran avanzar hasta la explanada frente a la Facultad de Filosofía. Decir que fue emocionante se queda corto. En todos mis años leyendo y escribiendo sobre este país, nunca había visto una muestra de afecto social semejante. Los jubilados recibieron a los jóvenes con los brazos abiertos, silbando y gritando consignas en una reacción en cadena que desdibujaba las barreras generacionales.

En medio de la multitud, Vladan me tomó del brazo, me gritó al oído que jamás había visto algo así y, emocionado, me mostró la piel erizada de su brazo.

Desde el accidente en Novi Sad, las manifestaciones no han cesado. Se han convocado innumerables marchas, bloqueos y acciones simbólicas. La noche del 31 de diciembre, en lugar de celebrar, un grupo de jóvenes organizó una protesta pacífica en la que, justo a la medianoche, guardaron quince minutos de silencio en honor a las víctimas. Luego vendría la toma de la intersección en Franše D’Eperea, donde miles de jóvenes ocuparon la calle durante 24 horas. No solo fue una protesta, sino una demostración de comunidad: cocinaron juntos, organizaron juegos al aire libre, realizaron intervenciones artísticas y debatieron sobre el futuro del movimiento. Días después, comenzó una caminata de 90 kilómetros desde Belgrado a Novi Sad. Los jóvenes atravesaron pueblos y ciudades, recibiendo el apoyo de distintas generaciones, hasta llegar al lugar del accidente, donde decenas de miles de personas bloquearon los tres puentes principales para conmemorar los tres meses de lucha. El 8 de febrero, estudiantes de Kragujevac participaron en un maratón de relevos hasta Belgrado para entregar invitaciones a sus colegas para una protesta programada el 15 de febrero en aquella ciudad.

Jóvenes sostienen un cartel con el lema "Ingenieros mecánicos contra la maquinaria", uno de los íconos de las protestas. Manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.
Jóvenes sostienen un cartel con el lema «Ingenieros mecánicos contra la maquinaria», uno de los íconos de las protestas. Manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.

No bastarían unas cuartillas para describir todo lo ocurrido en estos meses. Cada día hay una nueva acción, ya sea en redes o en las calles. El movimiento no ha perdido fuerza; por el contrario, con el paso de los días, se percibe una urgencia creciente por mantenerlo vivo y enérgico. En muchos sentidos, recuerda a los jóvenes del 68 y su célebre consigna: «La verdad está en la calle». Pero hay una diferencia fundamental: estos jóvenes han crecido en una sociedad marcada por generaciones de derrotas. No viven en una burbuja; por el contrario, han heredado una tradición de lucha atravesada por el pesimismo, y ahora entienden que el único modo de vencerlo es enfrentarlo de cara. 

Al llegar a la Plaza de la República aquella mañana, tomamos la calle frente al Teatro Nacional. Justo en la esquina, en las manos de un anciano tembloroso, vi un cartel con una palabra escrita en rojo: neizdrž.

Neizdrž es una de esas palabras que contienen mucho y, a la vez, son fáciles de entender cuando estás en medio de una manifestación. Originalmente, significa «insoportable», «intolerable», «algo que no se puede aguantar». Es una palabra que expresa incomodidad extrema, impaciencia o desesperación. No obstante, más allá de lo literal, en este contexto neizdrž encapsula el hartazgo colectivo y la impaciencia de una generación que ha decidido no callar más. 

La respuesta del gobierno ha sido una combinación de intimidación, contramarchas y acusaciones de injerencia extranjera, sugiriendo que el movimiento está financiado desde el exterior. Además, se ha señalado a organizaciones no gubernamentales como responsables del supuesto respaldo económico a los manifestantes, en un intento de desacreditarlos.

Por su parte, los estudiantes exigen, en primer lugar, la publicación completa de todos los documentos relacionados con la renovación de la estación de trenes de Novi Sad, para que se esclarezcan las causas del colapso y detectar posibles negligencias o actos de corrupción. En segundo lugar, reclaman la rendición de cuentas por las agresiones a manifestantes, exigiendo la identificación y el procesamiento de todas las personas involucradas en ataques físicos contra estudiantes, profesores y ciudadanos durante las protestas, así como la destitución de los funcionarios públicos implicados. En tercer lugar, piden el retiro de cargos contra los manifestantes detenidos, exigiendo la anulación de las acusaciones y la liberación de quienes han sido arrestados en el marco de las movilizaciones. Finalmente, demandan un aumento del 20% en el presupuesto destinado a la educación superior, con el objetivo de mejorar la calidad académica y las condiciones en universidades e instituciones educativas.

Como ha señalado, Adriana Zaharijević, investigadora del Instituto de Filosofía y Teoría Social de la Universidad de Belgrado, las demandas de los estudiantes pueden parecer modestas, pero exponen la mayor debilidad del gobierno.

En esencia, no exigen más que el cumplimiento de las funciones institucionales, lo que paradójicamente se convierte en la petición más difícil de satisfacer, ya que apunta directamente al problema central: la captura del Estado por parte del presidente de la República, cuya concentración de poder amenaza la normalidad democrática y la supervivencia de las instituciones.

«Lo que resulta tan novedoso y asombroso es la afirmación de los estudiantes de que ninguna de estas demandas es competencia del presidente, Aleksandar Vučić, la figura más poderosa de la política serbia, y apoyada tanto por el este como por el oeste como supuesto garante de la estabilidad en unos Balcanes por lo demás siempre volátiles. Vučić no es el Estado, argumentan los manifestantes; las instituciones, así como la sociedad en general, deben ser decapitadas,» afirma Zaharijević.

Esto demuestra hasta dónde han llegado los estudiantes serbios en su obstinado avance hacia el futuro. 

La mentalidad habituada al funcionamiento autoritario tiende a creer que la mayor fortaleza del movimiento radica en una mano invisible que lo dirige desde las sombras. Sin embargo, su verdadera fuerza reside en su descentralización y en su arraigado espíritu democrático. Hasta hoy, el movimiento no tiene un líder definido ni una orientación política específica entre sus manifestantes. 

Incluso así, como me dijo Aleksandra frente a la Facultad de Filosofía, no tienen miedo. Lo que desde fuera parece anonimato es, en realidad, la fuerza del colectivo, el empuje de todos hacia una meta clara y compartida: «Queremos que Serbia funcione.»

Prkos: La resistencia fértil

Pero el hartazgo, por sí solo, no basta. Sentir que algo es insoportable es solo el primer impulso; lo que sigue es la decisión de no ceder. Es en ese punto donde el neizdrž deja de ser un sentimiento de asfixia y se transforma en algo más: en una fuerza activa, en una negativa a rendirse, en un desafío. Ahí es donde entra prkos. Esta palabra serbia, difícil de traducir con precisión, encapsula la obstinación, la dignidad de quienes se resisten, la terquedad de no aceptar lo inaceptable. No es solo oposición, es desafío. No es solo rabia, es determinación.

Prkos es la obstinación que permite a alguien mantenerse firme en sus principios a pesar de la adversidad. Es el espíritu de quien no se doblega, no por mero orgullo, sino porque sabe que hacerlo sería renunciar a algo esencial.

Curiosamente, en serbio, prkos también da nombre a una flor: Portulaca grandiflora, conocida como la rosa de musgo. No es casualidad que esta flor simbolice la persistencia, ya que crece en condiciones difíciles, en suelos áridos y bajo climas hostiles, pero aun así florece. Así como la flor no se deja vencer por su entorno, el prkos es esa actitud humana que se rehúsa a marchitarse, que se rehúsa a aceptar la resignación como única opción.

Joven sostiene un cartel con la palabra "Prkos" (desafío, resistencia, orgullo desafiante), en la manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.
Joven sostiene un cartel con la palabra «Prkos» (desafío, resistencia, orgullo desafiante), en la manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.

Al gobierno le gustaría interpretar estas referencias como una prueba más de su supuesta conexión secreta con intereses extranjeros. Pero no es así. Uno de los mayores logros de estas protestas es precisamente la originalidad con la que expresan una fuerza vital que las élites dominantes no logran comprender ni reproducir.

La generación que lidera este cambio ha crecido con valores y prácticas distintas, tanto en lo ético como en lo pragmático. La Generación Z serbia no solo tiene una nueva manera de ver el mundo, sino también de habitar la tecnología. Las convocatorias son horizontales y se organizan en Instagram, TikTok y Viber. Los organizadores, provenientes de diversas facultades, no solo utilizan estas plataformas para movilizarse, sino también para documentar su día a día, en un ejercicio de calculada y amable transparencia.

En este proceso, el uso de inteligencia artificial, animación digital y collage ha sido fundamental. Estas herramientas no solo han reforzado el mensaje, sino que también han servido para intervenir imágenes y videos oficiales, creando montajes donde la mano roja, el silbato, la sombra de los manifestantes y los carteles se convierten en el núcleo de un discurso visual renovado.

Aun así, lo más impactante sigue siendo la naturaleza aleatoria, compleja, horizontal y diversa de esta resistencia. Más allá de su creatividad, estas expresiones evidencian un choque profundo: dos generaciones, dos países, dos discursos y narrativas culturales, dos lenguajes y, en última instancia, dos Weltanschauungen completamente divergentes.

Más allá del uso de redes sociales, inteligencia artificial y herramientas digitales, esta generación ha llevado la performance política a un nuevo nivel. Durante los últimos meses, los manifestantes han recurrido a carteles y pancartas con diseños creativos y eslóganes contundentes para expresar sus demandas. «¡Bombea!» («Pumpaj!») se ha convertido en un símbolo de su persistencia, mientras que «No dejes que nadie baje la tensión» («Nemoj da je neko spustio tenzije») refleja el creciente descontento en una sociedad que percibe al gobierno como cada vez más autoritario.

El uso de referencias culturales en los carteles—con imágenes de El Señor de los Anillos, Star Wars, The Sopranos o Friends—añade capas de significado y permite conectar con una audiencia más amplia y diversa. Esto contrasta con la narrativa monolítica del gobierno, que, como suele ocurrir en los regímenes autocráticos, controla exclusivamente los medios tradicionales y carece de la flexibilidad simbólica de las nuevas generaciones.

Además, los manifestantes han incorporado elementos teatrales y artísticos en sus movilizaciones, utilizando disfraces, música y teatro callejero para amplificar su mensaje, transformando el espacio público en un escenario de resistencia creativa.

Por debajo de todas estos fenómenos, está lo que considero es el elemento distintivo que unifica todos estos esfuerzos: la horizontalidad de las protestas. En la carta de los estudiantes del 21 de Diciembre, ya se percibía un cambio de tono. En ella afirmaban:

«Nos hemos trasladado a los edificios de las facultades y los hemos adaptado para la vida diaria. Hemos establecido cocinas, dormitorios, farmacias, talleres, cines y aulas para la autoeducación. En tan solo tres semanas, casi todos los edificios universitarios en Serbia se han convertido en centros de autoorganización política las 24 horas.»

En la Facultad de Derecho, la escena era elocuente: un flujo constante de personas llegaba con comida, ropa y donaciones para sostener el bloqueo estudiantil. En la entrada, los propios estudiantes supervisaban quién entraba y salía con gran meticulosidad, mientras recibían el apoyo de cientos de personas que diariamente tendían una mano solidaria.

En la misma carta, explicaban que el centro de la organización era el plenario, «un foro abierto para todos los estudiantes de la facultad», donde se ejercía la democracia directa. Todas las decisiones, incluso la autorización de mi visita a la facultad, fueron tomadas de manera colegiada. 

Como confirmó Vladan más tarde, este foro era el mecanismo más transparente que tenían para la toma de decisiones. De hecho, las actas de las reuniones se redactaban en computadora y se proyectaban en tiempo real para que todos pudieran ver y verificar qué se escribía y qué no.

Todo ese cúmulo de experiencias colectivas, en medio de un vacío de desesperanza, me hizo ver con claridad la verdadera diferencia entre los estudiantes y el gobierno. Y, sobre todo, cómo habían logrado movilizar a tantas personas.

Fue entonces cuando comprendí el verdadero significado de prkos en el contexto de las protestas en Serbia: una resistencia que no se agota en la negación, sino que encuentra en la adversidad una razón para seguir adelante. Es la convicción de que, incluso en un país donde las instituciones parecen secuestradas y la corrupción parece insalvable, aún hay quienes se niegan a rendirse. No desde una rabia estéril, sino desde la certeza de que persistir, insistir y luchar es la única manera de cambiar la historia.

Nada: El momento de la esperanza

En serbio, «esperanza» se dice «nada». La ironía es, sin duda, elocuente. Sobre todo porque la esperanza, entendida como algo que proviene del futuro, es precisamente un no lugar, una especie de vacío que, sin embargo, contiene una fuerza magnética increíble.

A pesar de todo lo anterior, algunos críticos sostienen que los estudiantes son demasiado idealistas y carecen de demandas concretas. Marija, una abogada, me comenta que, en última instancia, este movimiento será aprovechado por la oposición y que los jóvenes son ingenuos al pensar que pueden impulsar un cambio sin ser absorbidos por las dinámicas tradicionales del poder.

Mano de una jubilada en alto apoyando a los estudiantes. Manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.
Mano de una jubilada en alto apoyando a los estudiantes. Manifestación del 5 de febrero de 2025. Foto: Arocha, 2025.

A pesar de su voluntad de transformación, sobre sus hombros recae no solo el peso del futuro, sino también la presión involuntaria que ellos mismos han generado con su movilización. Tarde o temprano, su apertura y diversidad tendrán que dar paso a una forma de acción política un poco más estructurada, capaz de consolidar las conquistas que surjan de estas luchas. Lamentablemente, hasta ahora, la oposición ha brindado un apoyo limitado y no ha sabido interpretar del todo las demandas ni el espíritu de las protestas.

Mientras tanto, el gobierno intenta ganar tiempo, desviando la atención con distracciones geopolíticas y regionales: la elección de Donald Trump, la guerra en Ucrania, o la creciente tensión en Bosnia y Herzegovina, con riesgos de escalada militar.

A pesar de los obstáculos y las críticas, una reciente investigación del Centro de Investigación, Transparencia y Responsabilidad (CRTA), publicada a finales de febrero, reveló que el 80% de los ciudadanos apoya las reivindicaciones y protestas estudiantiles, con un 46% de los encuestados agregando que el país avanza en la dirección correcta, frente a un 38% que opina lo contrario.

Este apoyo mayoritario también se refleja en el cambio de tono de los estudiantes en las últimas protestas. A través de sus redes sociales, han lanzado un llamado a la autogestión ciudadana mediante la formación de asambleas populares.

«Todos los ciudadanos, que según la Constitución son los titulares irrevocables de la soberanía, deben participar en la discusión y toma de decisiones sobre la crisis actual. Por eso, los invitamos a dirigirse a los gobiernos locales y organizarse de manera independiente según el modelo de democracia directa, a través de la asamblea ciudadana contemplada en la ley. Los directamente afectados son quienes deben decidir, y eso somos todos nosotros. Todos a las asamblea», expresa el comunicado estudiantil.

En medio de tanta desconexión en el mundo, de tanto ir y venir de patriarcas, reyes, nobles tecnológicos, dictadores y tiranos, estos estudiantes han tenido la claridad de no detenerse ante ningún obstáculo.

Ante esto, en vez de mirar hacia otro lado y permitir que la muerte los sorprenda a solas, han dado una lección no solo al dictador de turno, sino a todos aquellos que, en cualquier parte del mundo, imponen su voluntad con puño de hierro. El secreto no solo está en las calles, sino en encauzar el resentimiento y los años de hartazgo en un movimiento horizontal que discuta el sentido de los social. Para ellos, es la comunidad quien tiene la última palabra.

Si el dictador despierta mañana y decide reprimir, como ha sucedido tantas veces en mi tierra natal y en esta también… si lanza una nueva ofensiva … si mañana los estudiantes pierden la batalla, no importa, ya han mostrado al mundo cuál es el camino. Solo falta practicarlo más, ejercitarnos en la labor de parto, y confiar un poco más en la obstinada y a veces ciega esperanza.