Los sudafricanos están dolorosamente acostumbrados al uso orwelliano del lenguaje por parte de los gobiernos. Al fin y al cabo, Sudáfrica es un país donde un gobierno anterior aprobó una ley (la Ley de Abolición de Pases y Coordinación de Documentos para Nativos de 1952) que extendía, en lugar de abolir, el notorio sistema de pases. Esta ley obligaba a los sudafricanos negros mayores de 16 años a portar un cuaderno de pases. Y el mismo gobierno aprobó la Ley de Extensión de la Educación Universitaria de 1959, que dificultaba aún más, en lugar de facilitar, que los estudiantes negros se inscribieran en universidades “abiertas” (es decir, blancas).
Así que quizá no debería sorprender demasiado que el gobierno de Estados Unidos haya importado a 49 afrikáneres y los haya etiquetado como “refugiados”. La afirmación es que están escapando de la persecución de los afrikáneres –y de los blancos en general– en la Sudáfrica actual.
La administración Trump sabe perfectamente que esa afirmación es una completa invención. Como han señalado el presidente Cyril Ramaphosa y su gobierno, no existe absolutamente ninguna evidencia de que los afrikáneres o los blancos en general estén siendo objeto de genocidio.
Es cierto que Sudáfrica tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo. Pero son los sudafricanos negros pobres –no los blancos– quienes son las principales víctimas de esa violencia letal. Tampoco los afrikáneres/blancos están sujetos a persecución. Al igual que todos los demás sudafricanos, sus derechos humanos están protegidos por una constitución. Y no se trata de un mero pedazo de papel: sus disposiciones (aunque imperfectamente, y a diferencia de lo que ocurre hoy en día en Estados Unidos) son aplicadas en gran medida por los tribunales.
Además, el genocidio implica la eliminación deliberada de un pueblo por motivos raciales, étnicos o religiosos. Por lo tanto, si se estuviera produciendo un genocidio de blancos y afrikáneres, podríamos suponer que su número estaría disminuyendo. Pero ocurre lo contrario. Desde 1994, la población blanca ha seguido creciendo (aunque lentamente) en números absolutos.
Peor aún, la caracterización de los afrikáneres como refugiados en un momento en que el pueblo de Gaza está sometido diariamente a un régimen de muerte, terror y asesinatos infligido por el gobierno israelí no solo es un absurdo, sino un insulto directo a quienes sí son víctimas genuinas de genocidio.
Entonces, ¿qué está ocurriendo realmente?
Los motivos
Numerosos análisis han destacado correctamente las motivaciones de la administración Trump.
Primero, esta administración ha lanzado un ataque contra lo que llama la “tiranía” de las políticas de “diversidad, equidad e inclusión” en todo el espectro de instituciones públicas y privadas en Estados Unidos. Los críticos sostienen que esto responde a un intento por complacer a la base política nacionalista cristiana blanca de Trump. Y dado que Sudáfrica post-apartheid –con razón o sin ella– se ha convertido internacionalmente en el país símbolo de esas políticas, debido a su compromiso constitucional con el no racialismo y la diversidad, ha sido blanco de ataques.
Segundo, etiquetar a los afrikáneres como refugiados responde a las inseguridades de la base política de Trump, que tiene dificultades para aceptar la idea de una minoría blanca gobernada por una mayoría negra.
Tercero, caracterizar a los afrikáneres como víctimas de genocidio es una respuesta muy deliberada a la acusación formal de Sudáfrica contra Israel por genocidio contra el pueblo palestino ante la Corte Internacional de Justicia. Pero eso es inaceptable para la derecha cristiana nacionalista estadounidense. Para ellos, la existencia de Israel representa el cumplimiento de una verdad bíblica: el regreso de los judíos a la Tierra Santa.
Trump está diciendo que Estados Unidos puede y va a jugar el mismo juego, usándolo para golpear a Sudáfrica sin importar lo infundado del cargo. Pero, siendo Trump, equilibrará el halago a su base de apoyo con lo que pueda obtener económicamente de Sudáfrica.
El panorama
¿Y qué hay de los 49 afrikáneres en sí? ¿Por qué han decidido aceptar la oportunidad que les ofreció el gobierno estadounidense? Después de todo, los medios sudafricanos han prestado mucha atención a afrikáneres que han declarado con firmeza su compromiso de quedarse en Sudáfrica. Las razones que dan son que ese es su hogar. Y aceptan plenamente que, al menos formalmente, Sudáfrica se ha convertido en una democracia no racial.
Del mismo modo, como detallo en mi libro sobre los blancos y la democracia en Sudáfrica, los afrikáneres y los blancos no solo han sobrevivido en la Sudáfrica democrática, sino que, en general, han prosperado económicamente. Además, los blancos como “grupo poblacional” (para usar la terminología caduca del apartheid) han participado plenamente en la democracia sudafricana. Están más dispuestos a votar que otros grupos raciales y, de facto, están bien representados en el parlamento y en los gobiernos locales a través de la Alianza Democrática, que defiende con vigor sus intereses.
Pero (siempre hay un pero), si queremos especular sobre las motivaciones de los 49 “refugiados” de Trump, debemos tener en cuenta lo siguiente:
Primero, hasta que sepamos más sobre las circunstancias personales de los individuos involucrados, no podemos saber con certeza qué los llevó a dar el paso drástico de abandonar a sus familias y su historia personal para mudarse a Estados Unidos.
Segundo, la mayoría de los blancos han respondido al arribo de la democracia de manera pragmática. Tienen numerosas quejas, especialmente sobre el empleo equitativo (políticas de acción afirmativa en favor de los negros), que consideran discriminatorias hacia los blancos. Pero han seguido disfrutando de altas tasas de empleo. De hecho, continúan ocupando de forma desproporcionada los rangos superiores del empleo en el sector privado.
Sin embargo, aunque muchos blancos continúan viviendo en un mundo de facto abrumadoramente blanco, tanto en el trabajo como en sus hogares suburbanos, sigue existiendo una minoría que no ha logrado reconciliarse con los cambios políticos y económicos ocurridos desde 1994. Los opositores armados vinculados a la extrema derecha fueron derrotados hace tiempo. Pero podemos suponer que los 49 pertenecen a una categoría más amplia de resistentes pasivos que se han replegado en un mundo blanco tanto como les ha sido posible.
Tercero, aunque la mayoría de los blancos continúa estando bien económicamente, los cambios producidos desde 1994 han llevado a la reaparición de una pequeña clase de blancos pobres, en gran parte sin educación, que se sienten excluidos del empleo por la legislación de empleo equitativo. Y que, en general, sienten que han perdido su estatus racial bajo la democracia.
Oportunistas, no refugiados
Dicho todo esto, siguen existiendo algunas preguntas interesantes.
Presumiblemente, los 49 afrikáneres pertenecen a esa categoría de blancos que, por una razón u otra, están predispuestos a abandonar Sudáfrica. Sin embargo, emigrar implica superar numerosos obstáculos: cumplir con requisitos educativos y profesionales, obtener una oferta de trabajo, contar con recursos financieros suficientes para mantenerse a sí mismos y a sus familias antes de poder acceder a los sistemas de seguridad social del país receptor, y así sucesivamente. Además de los costos emocionales, emigrar no siempre es la opción más sencilla, incluso para quienes desean “escapar”.
La evidencia sugiere que los jefes de familia entre los 49 afrikáneres provienen no solo de esa minoría que no ha aceptado la democracia, sino que, sencillamente, son oportunistas que han aprovechado un atajo para emigrar.
Este artículo ha sido publicado por The Conversation.
Sostén Dialektika
El pensamiento crítico necesita algo más que lectores: necesita instituciones capaces de sostenerlo. Si este artículo te resultó valioso, considera apoyar a Dialektika y ayudarnos a mantener abierto este espacio editorial independiente.





