¿Quieres ser un sinónimo?

abril 2, 2025
Nicolas Maquiavelo
Retrato de Niccolò Machiavelli por Santi di Tito (ca. 1550–1600)

La influencia intelectual no depende solo del contenido, sino del momento. Algunos autores se vuelven época; otros, olvido.


Esta noche cené con un amigo y hablamos sobre cómo la nueva era que acaba de comenzar hace que gran parte de nuestro conocimiento —o las formas de pensar— sobre las relaciones internacionales, las políticas económicas, la pobreza y la riqueza, etc., parezcan obsoletos, pasados de moda, anticuados e incluso, a veces, ridículos. Hablamos de personas cuyos escritos eran influyentes y penetrantes hace veinte años o más, y que hoy no tienen nada nuevo que decir, salvo repetir lo que ya les hemos escuchado cientos de veces. Y lo hacen de la manera más aburrida y tediosa posible.

Hace un año escuché a un economista famoso que, en un momento en que una guerra nuclear entre Rusia y Estados Unidos, o una guerra convencional entre Estados Unidos y China, se vislumbraban en el horizonte, y Gaza era bombardeada hasta quedar reducida a escombros, hablaba —como si nada estuviera ocurriendo y hubiéramos regresado a los días apacibles de los años noventa— sobre cómo los países estaban cooperando para combatir el cambio climático. Y uno se quedaba perplejo: las naciones están a punto de aniquilarse entre sí, y tú hablas de que colaboran para enfrentar una fuerza invisible, apolítica, cuando lo único en lo que piensan es en cómo destruirse mutuamente.

Leí una parte de un libro (definitivamente no tuve estómago para leerlo completo) de otro economista famoso que bien podría haber sido escrito en el año 2000: los mismos clichés, los mismos autores, las mismas discusiones salpicadas, para variar, con alguna mención a Trump aquí y allá. Disparates con zancos en el mundo de hoy.

Todo ello, te hace darte cuenta de que las influencias intelectuales dependen crucialmente del tiempo.

Después intentamos convertir eso en una afirmación más amplia sobre la historia intelectual.

Hay escritores cuya influencia es muy breve pero intensamente luminosa en un momento determinado. Digamos que es algo similar a lo que ha hecho recientemente Yuval Noah Harari. Se convirtió en una celebridad intelectual. Sin embargo, estoy dispuesto a apostar no solo a que nadie lo leerá dentro de diez años (de hecho, nadie lo lee ahora mismo), sino a que ni siquiera será recordado. Escritores como él son como estrellas fugaces: están con nosotros por un momento y luego nadie recuerda que alguna vez estuvieron. Nadie los lee, nadie los cita: como cometas que aparecen de repente y luego desaparecen en la oscuridad para siempre.

Y luego hay otros escritores, una segunda categoría, que también alcanzan la fama en un momento dado, pero hacen más que los del primer grupo. Definen una época. Cuando necesitamos explicar cómo fue vista esa época por sus contemporáneos, volvemos a sus nombres, los citamos—aunque rara vez los leamos. Se han vuelto sinónimos de la era que describieron. Si necesitas explicar cuál era el pensamiento de la élite cosmopolita dorada de Europa Occidental e Inglaterra antes de la Primera Guerra Mundial, Norman Angell es tu hombre. Todos saben lo que escribió, aunque probablemente nadie lo lea hoy. Se ha convertido en sinónimo de una época.

El mismo destino —o la misma gloria— le ha tocado recientemente a Francis Fukuyama. Se ha convertido en un sinónimo. Incluso el título de su libro se utiliza para definir el periodo que va aproximadamente de 1990 a 2008.

Y luego está la tercera categoría de escritores, singularmente afortunados (¿o quizá había algo más en ellos?), cuya influencia se extiende mucho más allá de su época. Es cierto que escribieron sobre un período determinado, que se preocuparon por los problemas de su tiempo, pero, de algún modo, las cuestiones fundamentales que abordaron resultaron ser atemporales. No hace falta remontarse a Aristóteles o Platón para ver esto. Pensemos en alguien más cercano, como Maquiavelo. Si uno observa sus escritos, palabra por palabra, están centrados en los asuntos políticos estrictamente delimitados de la península itálica, Francia y España. Fueron escritos por Maquiavelo con la intención de obtener apoyo o de recuperar el favor de los potenti. Tienen todas las marcas de su tiempo. Son enteramente específicos, limitados a los lugares de los que se habla. Pero, curiosamente, los textos trascendieron ese tiempo y ese lugar. Hoy se leen igual que se leían hace cien o doscientos años, y como seguramente se leerán dentro de uno o dos siglos. Ignoramos los lugares, los ejércitos y los príncipes sobre los que escribió, y a quienes Maquiavelo intentó halagar, influenciar o seducir. Nos centramos en el «residuo», en lo que queda del relato al margen del tiempo y de los nombres de los protagonistas.

Hay una gran dosis de accidente y de suerte en todo eso. Pero quizá hubo algo que se dijo y que logró atravesar el tiempo. Tal vez la razón por la que no nos importa casi nada de lo que se escribió hace veinte o treinta años es porque, en realidad, no valía la pena leerlo: era simplemente una destilación de lo que se creía entonces, y ese pensamiento se mostró insuficiente cuando las nuevas creencias se impusieron. Sin embargo, podría existir un autor latente, alguien a quien hayamos pasado por alto y que, aunque aparentemente limitado a los tiempos y lugares de la era neoliberal, haya contado una historia mucho más amplia. ¿Quién es él o ella?

Trascender los acontecimientos históricos que se describen y, por tanto, poder ser aplicado en distintos lugares y circunstancias históricas es el sueño. Pero nunca sabremos si lo hemos logrado… hasta que haya pasado el tiempo.


Este artículo ha sido publicado por el autor en Global Inequality.