Una multitud de más de treinta mil personas se congrega frente a la tribuna en la que el excandidato a la presidencia Bernie Sanders ataca a la alianza oligárquica que gobierna los Estados Unidos desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. A su lado sobresale la joven representante demócrata Alexandria Ocasio-Cortez (AOC). Ambos parecieran conformar una dupla que pugna por la presidencia de la nación, pero apenas han transcurrido tres meses desde la toma de posesión del actual mandatario Donald Trump. Es el Fighting Oligarchy Tour el que reúne a los dos políticos en una carrera por todos los Estados Unidos, con el fin de movilizar a los sectores progresistas del país para enfrentar al gobierno de Trump y su arremetida contra el Estado de bienestar.
Empujadas por el rechazo al poder que ha obtenido en los últimos años el llamado 1 %, ampliado —dice Sanders— bajo el «autoritarismo oligárquico» que el actual presidente impone desde la Casa Blanca, enormes muchedumbres aplauden a Sanders en cada estado visitado durante la gira: California, Colorado, Idaho, Arizona, Nebraska, Wisconsin, Montana y Utah son algunos de ellos. Cargan contra los recortes realizados a programas sociales y al sector público, o las cortapisas impuestas por Trump a la libertad de expresión. La abierta homofobia, transfobia y xenofobia de la administración han sido igualmente denunciadas tanto por Sanders como por Ocasio-Cortez, quienes tampoco han perdido la oportunidad de atacar al propio Partido Demócrata y a varios de sus representantes por su inacción y complicidad.
Los llamados a gravar a los más ricos para financiar los sistemas de salud y educación universales, y otros programas asistenciales para proteger a la clase trabajadora, así como la abierta denuncia del poder de las oligarquías dentro de la política estadounidense, no han tardado en reavivar el fantasma del comunismo en la mente de los sectores más derechistas, que ven a Sanders y a Ocasio-Cortez como agitadores comunistas que buscan socavar el país. Más allá de sus posturas aparentemente radicales y los señalamientos al sistema, las propuestas que se desprenden del discurso de ambos intentan ser conciliadoras tanto con la clase obrera molesta con el establishment como con la clase adinerada que aporta millones de cara a las elecciones. Ni uno ni otro pretenden romper con el bipartidismo norteamericano. De haber tenido un interés real en desligarse de demócratas y republicanos y socavar las bases del sistema, Sanders y Ocasio-Cortez habrían trascendido los llamados que en los mítines hacen a la unidad en pos de ejercer presión contra las políticas de Trump, y habrían convocado a la enorme masa de seguidores que ya comienzan a tener en función de una protesta ciudadana organizada. Ambos, en este sentido, dejaron pasar la oportunidad que pudieron haber ofrecido para tales fines las protestas organizadas por varios grupos progresistas el 5 de abril bajo el eslogan Hands Off!, que lograron congregar en distintos estados del país a alrededor de un millón de personas.
El Fighting Oligarchy Tour persigue, en primera instancia, conformar un movimiento ciudadano que ejerza presión sobre sus representantes y los obligue a actuar en contra de las políticas imprudentes y antipopulares del presidente. Busca, además, capitalizar el descontento de buena parte de los estadounidenses en favor de restañar la herida que al Partido Demócrata provocó la última derrota electoral y la actitud reciente de algunos de sus políticos. El momento elegido para llevarla a cabo no es casual. Sanders ha tenido la astucia suficiente para iniciar la gira en un momento crítico de la actual administración, cuando múltiples encuestas indican que, desde la toma de posesión el 20 de enero del presente año, la popularidad del mandatario no ha parado de caer. Las decisiones imprudentes en materia económica, la reducción de la calidad de vida de la clase trabajadora como resultado de los recortes a los servicios públicos y la seguridad social, junto a la presencia de varios multimillonarios dentro del gobierno —el repudiado Musk a la cabeza—, han terminado por situar los índices de aprobación de la gestión de Trump en un 45 %, según indica la encuestadora Gallup. Tampoco resulta casual la elección de Alexandria Ocasio-Cortez como acompañante. La política de ascendencia puertorriqueña cuenta con una buena imagen dentro de la Cámara de Representantes, y brinda un aire renovador a la imagen del partido. Resulta necesario para los demócratas adoptar una imagen más combativa y progresista que recupere el vínculo con la clase obrera, que tanto se ha venido fracturando en las últimas décadas.
Los demócratas piensan no solo en 2028, sino en las más cercanas elecciones de medio término de 2026, cuando se renovará la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. El poder de convocatoria de Sanders y Ocasio-Cortez, con asistencias que superan a las conseguidas por Kamala Harris, Joe Biden, Donald Trump o el propio Bernie Sanders en sus últimas campañas presidenciales, podría poner a los demócratas —si estos cambian el rumbo bajo la égida de Bernie y Ocasio-Cortez— en una buena posición de cara a 2026, a fin de retar el dominio republicano en el Congreso, agregando presión desde el gobierno federal.
A más largo plazo, y de cara a 2028, toda vez que Sanders ha declinado presentarse nuevamente en la contienda electoral por la presidencia, Ocasio-Cortez podría quedar como la heredera de la base progresista que el senador ha venido construyendo y ampliando, sustituyéndolo como el adalid de la izquierda antiestablishment en los Estados Unidos. Dentro del ala demócrata del Senado, muchos miran ya con buenos ojos a la representante como posible rival de un Chuck Schumer que ha hartado la paciencia de no pocos miembros con sus últimas decisiones como líder de la minoría dentro del Senado. Otros, más idealistas y radicales, sueñan con que el partido recupere el prestigio de los años de Franklin D. Roosevelt, y que el camino del retorno al Despacho Oval lo marque Alexandria Ocasio-Cortez como la primera mujer en asumir el liderazgo de la nación.
Sanders, Ocasio-Cortez y esta cruzada nacional contra la oligarquía no llegarán a ser la revolución que necesitan los Estados Unidos y el mundo; el sistema bipartidista quedará aún en pie, como la maquinaria imperialista, pero, pese a ello, al mundo y a los Estados Unidos les urge este movimiento: tenemos que deshacernos de la extrema derecha.




