Todo era espeluznante en el diseño de los campos de concentración nazis. Albergues para un predeterminado y calculado exterminio masivo, con los que consiguieron asesinar a millones de personas. Alambradas electrificadas. Muros de fusilamientos aleatorios. Barracones con pequeñas estufas sin leña que quemar. Sacos rellenos del propio pelo rapado a los prisioneros, actuando como colchonetas. Hambre. Miseria. Duchas dispensadoras del famoso Zyklon B. Hornos crematorios para huesudos cadáveres…
Ya su entrada estaba presidida por el lema «Arbeit macht frei», con el que el nazismo pretendía acoger a los prisioneros más diversos de la Europa invadida: «El trabajo te hace libre». Quizá se trate de un lema descriptivo de las pretensiones con las que se montaron las primeras zonas, en las que se encerraba a quienes el Estado consideraba «gentes de mal vivir» y disidentes. Bien por ser lugares donde se los sometía a trabajos forzados como condena, hasta que demostraran su cambio conductual —de ahí que fueran considerados instituciones de reeducación—, o bien como depósitos de mano de obra con los que conseguir agilizar y potenciar la industria armamentística.
«El trabajo te hace libre» adquiere, en ambos presupuestos, todo su sentido como estrategia carcelaria. A través del trabajo duro y la disciplina impuesta por el Estado mediante el uso de la violencia, aquellos opositores políticos, «malhechores» en general y personas consideradas por el régimen como asociales podían encontrar una supuesta reinserción en esa sociedad diseñada por las más inhumanas instituciones fascistas.
Solamente «unida en la diversidad» la comunidad de Estados europeos ha sido capaz de trabajar junta para asentar la paz y la prosperidad desde la defensa de los derechos en su más amplio sentido.
Pero fue a partir de 1938 cuando el concepto de «opositor político», «malhechor» y «persona asocial» extendió su significado, abarcando ahora a todo aquel con costumbres, comportamientos, lengua, cultura o características biomédicas diferentes de los parámetros establecidos, precisamente, por quienes consideraban a la raza aria el arquetipo de ser humano.
A partir de ese momento, el lema «Arbeit macht frei» («El trabajo te hace libre») pasó a convertirse en la bienvenida más sarcástica, arrogante y desvergonzada: la puerta de entrada al Holocausto. De sobra sabían, desde los más altos dirigentes hasta los más humildes servidores nazis en los propios campos de concentración, que había tres maneras de salir: arrojándose a las alambradas electrificadas, siendo fusilado o en forma de humo ascendiendo por las chimeneas de los hornos crematorios. Pero nunca desde y por el trabajo realizado.
El lenguaje sirvió para legitimar, entre los adeptos al régimen fascista y quienes ya habían perdido la conciencia moral, el exterminio masivo «del otro», «del diferente». «Arbeit macht frei» se aplicaba a esos ciudadanos que mostraban una vida desajustada: porque, desde la ideología nazi, se consideraba que pertenecían a Estados fallidos; o que seguían costumbres atávicas y contrarias al auténtico modelo humano, representado por la superioridad cultural aria; o por ser catalogados como ejemplos de constituciones biomédicas impropias de un auténtico ser humano, arrogante y poderoso, que solamente podrían ser restituidas —o, al menos, aminoradas— mediante una violenta disciplina estricta y el trabajo duro.
El terror constituye la principal y más eficaz herramienta política para someter a los ciudadanos, ya venga de la Gestapo, de la Brigada Político-Social, de la KGB, de la Securitate, de la Stasi o de la propia ICE, tan temida hoy por la migración en EE. UU. Un terror que previamente se impone mediante la supresión por decreto de las libertades individuales y los derechos políticos, y cuya propagación consigue la aniquilación del sujeto moral, tal como ya nos enseñó Hannah Arendt. Una liquidación calculada de la conciencia moral de todo ciudadano, que lo llevó a considerar legítimo el lema «Arbeit macht frei» para mantener abierta y propagar la acción de los campos de exterminio nazi.
Eran ciudadanos anónimos, personas corrientes, cuya pretensión probablemente no fuera más que la muy digna de disfrutar de una vida holgada y poder desarrollar plenamente su proyecto vital como individuos o como familias, pero que pasaron a convertirse en cómplices de un Holocausto. Volviendo a Arendt, encarnaron lo que ella calificó como «la banalidad del mal».
La Unión Europea de hoy hizo suyo, a partir del año 2000, un lema que pretende servir de identificación para todos sus ciudadanos: «Unida en la diversidad». Frase elegida en concurso público, al que optaron más de 80 000 candidaturas de todos los países que la conforman. Cuatro sencillas palabras, «Unida en la diversidad», con las que la Unión Europea ha pretendido simbolizar el enorme esfuerzo que supone para cada uno de los países miembros superar los intereses particulares de cada Estado soberano y encontrar, en unión con los otros, nuevos ámbitos de colaboración y superación de circunstancias adversas. Solamente «unida en la diversidad» la comunidad de Estados europeos ha sido capaz de trabajar junta para asentar la paz y la prosperidad desde la defensa de los derechos en su más amplio sentido.
Europa nace como un sueño soñado por el antiguo imperio griego. Con su rapto, se muestra cómo Asia —de donde proviene Europa, raptada por Zeus transformado en toro— lega a aquella Grecia las primeras formas políticas, la dinastía minoica, el alfabeto y la técnica metalúrgica, además de la exaltación de la espiritualidad griega y el surgimiento del sentimiento panhelénico.
Defender el grito de «send them back» («devuélvanlos») es la actualización de aquel «Arbeit macht frei»
Europa viene de Asia a lomos de la cultura que el imperio griego nos transmitió. Y se ha construido desde la interacción entre los más diversos pueblos, sociedades y rasgos culturales. Sin embargo, el pasado 17 de junio se aprobó el «Reglamento de retorno», aclamado por un importante número de representantes en el Parlamento Europeo al grito de «send them back» («devuélvanlos»), pidiendo de manera tan sintética y expresiva, tan mercantilizada, la devolución de todo migrante considerado ilegal en territorio de la Unión Europea. ¿Dónde queda entonces su esencia, recogida en el lema «Unida en la diversidad», que le confiere sentido? ¿O es que esa diversidad a la que se refieren es más bien la homogeneidad de una cultura determinada, que pretende erigirse como hegemónica y decretar qué rasgos socioculturales y físicos son los que constituyen al europeo auténtico?
Defender el grito de «send them back» («devuélvanlos») es la actualización de aquel «Arbeit macht frei». Y la banalidad de su uso, sin oponernos a ello, nos convierte nuevamente en cómplices de la aniquilación de la conciencia moral: esa que ha contribuido a construir la Unión Europea. Esa que se sintetiza en cuatro palabras: «Unida en la diversidad», y a las que muchos no estamos dispuestos a renunciar, mucho menos por la eufemística y aberrante «prioridad nacional».
Este espacio necesita apoyo
El pensamiento crítico necesita algo más que lectores: necesita instituciones capaces de sostenerlo. Si este artículo te resultó valioso, considera apoyar a Dialektika y ayudarnos a mantener abierto este espacio editorial independiente.





